TUVIGÚ

"Nino Venables o la mano del cocinero" (relato de José H. Chela)

DUENDE_FUEGO

El 31 de marzo de 2008 falleció José Hilario Chela. Repentinamente. La pluma del periodista de tan incisivo estilo en la faceta gastronómica -y en tantas otras- reposa desde hace más de una década.

A continuación, para rememorar su figura periodística, rescatamos este cuento (extracto) titulado "Nino Venables o la mano del cocinero" (de su libro "Gentes con sabor, 13 relatos culinarios").

"De la veracidad de la historia que les cuento no puedo responder. Y si el lector no la creyera, tampoco podría reprochárselo. No obstante, debo señalar, en mi descargo, que me fue relatada, a trozos inconexos, por su propio protagonista, Saturnino Venables (Nino, para los amigos y clientes), entre güisqui y güisqui, siempre de noche, casi siempre frente a un tablero de ajedrez -él me ganaba indefectiblemente- y, por lo general, envueltos por el aroma rancio y seco que emanaba de los ceniceros llenos de colillas después de tres o cuatro horas de partida.

Se sitúan los sucesos que les doy a conocer en la década de los setenta del pasado siglo, una época en la que, por fin, el país sale de sus hambrunas históricas y de bastas querencias gastronómicas para empezar a comer bien y a abrir brechas ilusionantes hacia la modernidad en asuntos culinarios.

Era Saturnino Venables descendiente de una vieja familia inglesa instalada en las Islas hace casi tres siglos y, venida, progresivamente, a menos (regresivamente, sería más correcto) a lo largo de todo ese tiempo. Tan venida a menos, que nuestro protagonista, por el tiempo que ya les he dicho, sólo contaba con una vieja casona en el norte insular, por los pagos que dicen de Las Ánimas...

Nino Venables se casó con una compañera de trabajo de una planta de embotellado. Una chica de ojos azules y tez sonrosada. Lourdes Pacheco...

Los ahorros, pocos, iban tocando a su fin y Venables se desesperaba. -No te preocupes, cariño. Todo se arreglará-, le animaba su mujer, sonriéndole, mientras le ponía en la mesa un plato de aquellas croquetas que, sabía, tanto le gustaban.

De modo que se lo propuso a Lourdes. Ella cocinaba bien. Sus croquetas eran especialmente sabrosas, suaves y crujientes. Hacía, además, unas arvejas con huevos duros que quitaban el hipo y alababan su modo de freír el cochino. Casa Nino -que así se llamó el tosco comedero- se transformó, al poco de abrir sus puertas, en un lugar de visita obligada...

Fueron cuatro años extraordinarios y muy rentables. Todo iba a pedir de boca. Y al quinto año de la apertura de Casa Nino, Venables, que ya se veía incapaz de atender la creciente avalancha de clientes, le echó un ojo a una casa de dos plantas, cercana a la suya, deshabitada hacía tiempo.

Lourdes, esta vez, sí se opuso. -Nos va bien aquí -alegaba- y, tal vez, lo estropeemos. ¿Qué necesidad hay de meterse en tales gastos y aventuras?

Contrató a un afamado cocinero -vasco, naturalmente- y la idea era mantener en la carta los platos que les habían hecho ricos y populares, añadiéndole una oferta más amplia y atractiva. La Morucha funcionó bien. No se registraron los llenos que eran cosa de cada día en Casa Nino... Pero en semanas siguientes la clientela fue disminuyendo

Una noche de octubre... vio avanzar por el paseíto de piedra que atravesaba el jardín hasta la puerta a un extravagante personaje. Venables se le acercó para tomarle la comanda... -¿Me hace el honor de sentarse a mi mesa? Beba algo. Le invito. -Muy bien- aceptó el restaurador- aguarde un minuto.

-Vengo a ofrecerte el triunfo profesional y la seguridad de éxito comercial de tu negocio para toda la vida.

-Yo no sé apenas cocinar. -No tienes las mano del cocinero, eso es lo que te pasa. Una mano maravillosa. Mágica. Capaz de transmutar en irresistible y sublimemente apetitoso todo lo que toque- aseguró el hombre.

-Acepto. Entonces, ¿qué quiere a cambio de su oferta? -Nada. Nada en especial, te lo aseguro. El tiempo dirá si la operación ha merecido la pena.

El personaje abrió su maletín, extrajo un envoltorio, cubierto con un paño de terciopelo rojo, de forma cilíndrica. En su interior se veía, perfectamente, una mano cercenada cubierta totalmente por un líquido amarillento.

-Es la mano derecha de Candelucus, el cocinero y confidente de Napoleón.

Le tendió el tarro con su repugnante contenido y recomendó: -Cuídala. Es la garantía de tu futuro.

La Morucha marchaba divinamente, y la fama del restaurante superó con creces las fronteras insulares. Se escribían artículos en las mejores revistas especializadas... Y comenzaron las desgracias: Lourdes murió. Ardió Casa Nino. Perdió a sus hijos en un accidente de tráfico. Nino cerró La Morucha.

El personaje -vamos a llamarlo Pedro B.- llegó con su maletín. -Viniste, hijo de puta... Por fin, hijo de puta...- fue el saludo de Nino a su nocturno visitante.

Éste le advirtió: esos desagradables sucesos, lo creas o no, estaban escritos de antemano. Tu animosidad contra mí no tiene sentido.

Reabrió. Seguía con su fama y triunfo personal, pero -se lamentaba-, resultado de una espantosa mentira. De un manotazo tiró el tarro donde se conservaba la mano de Candelucus. El recipiente se cayó al suelo y se rompió, y el líquido se derramó sobre el pavimento desprendiendo un olor agrio y nauseabundo.

La noche que hacía la decimoséptima tras haber botado la mano, Pedro B. se presentó por última vez, acompañado de dos hombres. -En estos años, sin darte cuenta, poco a poco, has adquirido mano de cocinero. Ya no necesitas de otras manos mágicas. Las tuyas lo son ya. Eso es lo que ha sucedido.

Hizo una seña a sus dos compañeros... El filo del hacha cayó, seco, brutal, sobre la muñeca de Venables. Fue un tajo limpio. Y la mano saltó sobre el acero brillante de la cocina.

Pedro B. introdujo la mano en el tarro y lo rellenaba con un líquido amarillento. Nino oyó: -Bueno, amigo. Ya tenemos otra buena mano de cocinero con la que negociar y procurarnos nuevos tratos. Gracias por tu colaboración.

Después de estas palabras, Nino se desmayó...

Personalidad irrepetible. La muerte le sorprendió cuando tenía en ciernes numerosos proyectos, algunos interesantísimos, con la posibilidad de retomarlos según las pautas que tenía marcadas el propio José H. Chela (en una de las fotos que más le gustaban a él).

Fue uno de los comunicadores que logró la proyección informativa de esta faceta en prensa, radio, programas de televisión, internet...). También puso su personal carácter en el género del relato corto, en particular en su libro titulado "Gentes con sabor, 13 relatos culinarios".

FLOW

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