Una fundada esperanza de reconversión de infraestructuras hoteleras tras la pandemia

La pandemia de covid ha golpeado con especial dureza a la industria del turismo y los viajes. Nadie oculta ya que las pérdidas en este sector serán millonarias, tanto en ingresos como en empleo. Casi 100.000 millones de euros dejó de percibir España a lo largo de 2020 y es probable que el número de desempleados supere el millón si los ERTEs se acaban convirtiendo en EREs, como el desplome de la actividad turística parece apuntar.

Al tiempo que este drama se hacía patente en todo el planeta, la sociedad española reaccionó con aplausos a sus sanitarios y con cánticos de resistencia ante el virus. Pero en justo señalar que muchos hoteleros damnificados se pusieron enseguida a disposición de las autoridades sanitarias y de la sociedad entera con la medicalización de sus edificios. Es probable que algunos de estos ejemplos persistan después de la pandemia con la renovación necesaria de nuestro sistema sanitario que, además de modernizarse aún más, deberá tender hacia la medicina preventiva junto al reforzamiento de la terapéutica.

Una de las ventajas que aportará la nueva tecnología de comunicaciones 5G será la atención médica personalizada a distancia, lo que podría situar estos edificios medicalizados en una zona intermedia entre la pantalla del dispositivo móvil y la atención hospitalaria de cuidados intensivos.

Al mismo tiempo, las residencias para mayores han mostrado su fragilidad extrema como hábitat preferencial para personas de dependencia extrema. La pospandemia exigirá su completa transformación en núcleos de viviendas unipersonales o familiares gestionados en torno a un centro de atención médica conectado, a su vez, al sistema sanitario digital. Esta fórmula se inspiraría en lo que hoy se conocen como resorts (complejos vacacionales), algunos de los cuales, en destinos maduros o excesivamente saturados, podrían reconvertirse en las nuevas residencias para la tercera edad.

Al estilo de los colegios mayores, un sin fin de establecimientos hoteleros o de apartamentos turísticos situados en el extrarradio de las grandes ciudades, cuyo hábitat podría configurar una nueva fisonomía de ciudad expandida, podrían ser útiles para el alojamiento de estudiantes con el beneficio de sus instalaciones comunes e incluso de servicios adaptados a sus necesidades lectivas. Existe un parque amplio de estos edificios que quedarían en desuso con la pandemia que muy bien podrían funcionar como los llamados dorms del ‘off campus’ hoy existentes alrededores de las universidades norteamericanas.

Sin embargo, la gran esperanza de reconversión de instalaciones hoteleras obsoletas (no porque tengan una antigüedad, sino porque se han quedado fuera de las preferencias que los nuevos viajeros van a exhibir una vez que renazca la actividad turística) estriba en el teletrabajo. Algunos expertos o institutos de análisis, como McKinsey, estiman que en 2030 la cifra de trabajadores fuera de las oficinas superará los 1.000 millones en todo el mundo.

Dado que el teletrabajo no significa necesariamente trabajo en casa, sino trabajo a distancia, millones de empleados reconvertidos en trabajadores en remoto desempeñarán sus tareas en una movilidad híbrida entre sus domicilios y las oficinas, y entre éstas y los alojamientos turísticos de todo el mundo. Ya sean nómadas digitales, ya equipos de trabajo en permanente movilidad por el mundo, las necesidades del teletrabajo va a obligar a un buen número de hoteles tradicionales a reconvertir sus habitaciones vacacionales en espacios de teletrabajo, así como sus instalaciones comunales en oficinas móviles con conexiones de banda ancha y servicios ofimáticos y de alimentación adaptados a esta nueva clientela.

En cualquier caso, la pandemia no va a cambiar nada la actividad turística que hoy conocemos. Sí va a acelerar procesos que ya estaban en marcha en la década anterior y va a hacer realidad las predicciones de digitalización completa que situábamos para la nueva década 2020-2030.

Fernando Gallardo

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