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Turismo de largas estancias en el punto de mira de Airbnb

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Si la pandemia hubiera durado una semana muy probablemente no se habrían desencadenado los cambios que estamos observando en la industria del turismo y en los hábitos de los viajeros. Al menos, no con la aceleración que se producen hoy. Y las perspectivas son aún más aceleradas en la medida en que la pandemia se prolonga por meses y, con una demostrada probabilidad, durante tres o cuatro años de crisis sanitaria y económica.

Uno de estos cambios, que coincide con lo que habíamos previsto en la red pirenaica #RenacerDelTurismo, encargada de elaborar el documento maestro sobre el Impacto del Teletrabajo en el Turismo, se está expandiendo por todo el mundo con las consecuencias vivas para una nueva categoría profesional de nómadas digitales que incluye a cualquiera interesado en un cambio de escenario para vivir y trabajar. Y digo nómadas digitales en plural porque esa idea preconcebida de llaneros solitarios vagando de un lugar a otro se nos ha antojado siempre reduccionista y muy sesgada. Por esta razón, el concepto ha evolucionado con la pandemia a un segmento de viajeros que trabajan en secuencias de tiempo más prolongadas y emprenden sus proyectos de staycations en parejas, grupos de amigos o familia ampliada.

En previsión de ello, Airbnb ha orientado su actividad hacia las estancias a largo plazo, que poseen en principio una base más sólida que las otras en estos difíciles tiempos pandémicos. Aunque al final de la misma, la duración de las estancias tendrán una menor consideración estratégica que hoy y veremos una mayor variedad de perfiles. Esta realidad no obedece únicamente al comportamiento de los viajeros que trabajan en remoto. También los anfitriones, en esta época de carestía, se ven especialmente motivados por esta corriente, que les evitar reconvertir sus negocios en alquileres indefinidos.

La plataforma contabiliza más de seis millones de listados activos con interés en explotar el régimen de estancias mensuales, incluso con descuentos incentivadores y programas auxiliares que darían acogida a los familiares no trabajadores interesados por el entorno urbano o regional. Si en los primeros meses de pandemia, Airbnb se vio arrastrada como los demás por las escapadas cortas y la clientela doméstica, en estos últimos meses se ha rendido a la evidencia de que el fenómeno es transitorio y no tiene visos de consolidación, al contrario de la fenomenología más estable y prolongada en el tiempo que va a ser el trabajo en remoto y la cultura del viaje como ecosistema idóneo para la práctica del teletrabajo.

Mientras que las reservas para estancias de un mes aumentan, Airbnb observa hoy que las reservas de una semana también están al alza. Y las estancias de varios meses, igualmente, aunque en menor medida, claro está. Podríamos pensar, en consecuencia, que este tipo de estancias prolongadas se desarrollan en viviendas unifamiliares. Pero la realidad es que también existe un interés creciente por habitaciones privadas en viviendas que recreen un efecto burbuja en el que anfitriones y huéspedes se reconocen mutuamente y comparten un ideario más allá del escenario. Lo cual constituye una verdadera oportunidad para los hoteles en reconversión, capaces de adaptar su estructura de gestión a este tipo de demanda con unas necesidades particulares y una exigencia similar a la que permitía la vida hogareña a aquellos huéspedes de toda la vida, como Claude Monet, en el Savoy de Londres, o Coco Chanel, en el Ritz de París.

Fernando Gallardo

FLOW

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