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¿Pasar hambre o pasar fiebre con el coronavirus? (Fernando Gallardo)

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El mundo entero se coloca hoy en una difícil encrucijada.

Por un lado, el miedo a la enfermedad, incluso a la muerte, ha puesto en cuarentena a casi toda la Humanidad. Nos cuesta a todos asumir una cifra de 5.000 defunciones por Covid-19 —que pueden llegar fácilmente a las 50.000— porque esta vez no se producen en el olvido del Tercer Mundo. Y estamos de acuerdo en sacrificar nuestra prosperidad económica porque esperamos que dure poco y que el Estado próvido nos provea de lo esencial en ese mientras tanto de la reclusión forzosa.

Por otro lado, sabemos que el parón productivo nos aboca a una recesión económica de consecuencias imprevisibles también para la salud. Estamos liquidando millones de empleos en apenas una semana, lo que supone un récord difícil de parangonar en toda la historia de la Humanidad. Como consecuencia de este sacrificio asistiremos atónitos a la degradación de la vida occidental, al resurgimiento de instintos que parecían olvidados y a una penuria cuyo coste podría superar en vidas humanas a todas aquellas que pretendemos salvar. Cuestión aparte es la indefensión de nuestro organismo al hecho de vivir cada día más indemnes a las enfermedades, las epidemias y los sacrificios que nos han hecho fuertes como especie humana.

Estos son los factores que maneja el premier británico, Boris Johnson, a la hora de no declarar por el momento la emergencia nacional contra la pandemia en el Reino Unido, esperando que el pico de contagios se produzca dentro de un par de meses, que es cuando prevé que la sanidad pública podría estar más preparada para hospitalizar masivamente a los enfermos graves. El colapso de los hospitales en Italia, y ahora en España, está acelerando la cifra de fallecimientos, y no solo a causa del Covid-19. Así que el mantenimiento de la actividad productiva se ha convertido para Johnson en el garante futuro de la salud de sus conciudadanos —salvo las decenas de miles que mueran— con vistas a proteger la economía de los supervivientes, cuyos recursos indemnes a la crisis servirían para capear mejor el temporal de las futuras epidemias víricas.

Ni que decir tiene, la oleada de críticas por parte del sector buenista de la sociedad no se ha hecho esperar. La política de Boris Johnson sacrifica a los elementos más vulnerables de la sociedad, que son los mayores y aquellos que padecen enfermedades crónicas. Por otra parte se ve como un imposible muy real el que el Reino Unido pueda vivir ajeno a una crisis global y con demasiada dependencia de la City londinense.

El Gobierno británico se limita a recomendar a sus conciudadanos que se queden en casa y solo realiza el test de coronavirus a aquellos que presentan un cuadro más severo de infección respiratoria, como se les hace a las 17.000 personas que fallecen cada año por gripe estacional en el Reino Unido.

Por lo inédito de la situación, ningún gobernante tiene la varita mágica sobre cuál de estas dos opciones es la mejor. O la peor. Entre las generaciones más jóvenes, lo vivido estos días servirá como laboratorio para elucidar si una regresión al pasado supone ventajas para los seres humanos o para la sostenibilidad medioambiental del planeta, reducida por ahora drásticamente la emisión de gases de efecto invernadero. Queramos probarlo o no, lo viviremos. Y, sin duda, una vez pasada esta crisis saldremos con un mayor conocimiento sobre nosotros mismos.

[Al pie de la noticia sobre Boris Johnson, el diario La Vanguardia pregunta a sus lectores si los efectos económicos del coronavirus serán peores que la enfermedad. A la fecha de publicación de este artículo, el 86,39% de los 96.000 lectores consultados responde afirmativamente. La Unión Europea admite que el continente entra bruscamente en recesión.]

Fernando Gallardo

FLOW

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