TUVIGÚ

Muelle Viejo: deleite gustativo que huye de enrevesamientos

DUENDE_FUEGO

Saltan como resorte momentos puntuales con personas (personalidades) que conocen y mucho de cocina. En una ocasión que compartía almuerzo con Albert Adriá, éste subrayaba el exceso de dulce en algunas etapas de la cocina española en las que se apoderó de ciertas tendencias creativas.

El alma máter de El Barri se lo aplicaba a sí mismo y desde aquella reflexión (convicción) se proponía erradicar de esos registros en la línea salada. Desde este punto de vista, hay que considerar que en Canarias siempre ha existido inclinación natural por matices golosos, de agridulces y aportes frutales que daban esas notas y persistencias  a las que me estoy refieriendo.

Valgan los prolegómenos para puntualizar que, al margen de su excelente 'mano de cocinero' al frente de Muelle Viejo (Alcalá, sur de Tenerife), Carlos Mesa propone argumentos coquinarios que bien podrían caer  de antemano en esa "dulzura" comentada. Por el contrario, algunos de sus platos emblemáticos sostienen la genuinidad del producto de cercanía -esencialmente marino- sin recursos dulzones.

Esta afirmación queda meridianamente clara con esa liviana y tan agradable composición de bonito y papa azucena (imagen de portada), con materias primas portentosas y bien tratadas.

Al igual que firmeza y, otra vez buena mano, en el carpaccio de una tuna (foto sobre estos párrafos) aderezada con puntos cromáticos divertidos que en ningún caso encubren el 'spray gustativo' del túnido en boca. Espléndido el bocado, fresco en extremo, sin artificios,... Sin "peros" el ceviche de pargo, con notable factura y 'tensión' del pescado utilizado aunque no me llamara tanto la atención como el robusto rejo de pulpo, uno de los clásicos de la casa y al que Mesa redondea con esos toques de brasa.

El interior del establecimiento es diáfano, con amplias cristaleras que casi nos relanzan a aguas del Atlántico. Las medidas de seguridad son estrictas y la separación sobrada entre mesas. Abajo, si almorzamos, se puede observar la actividad y ambiente de los bañistas mientras tomamos la copa de vino canario y cualquiera de los postres que prepara el propio jefe de cocina, apasionado de su oficio.

Cuando entramos, la 'liturgia' del pescado fresco se puede intuir acudiendo al expositor de las piezas marinas para decidir. Otro incentivo más para venir aquí.

Francisco Belín

 

 

 

FLOW

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