Milagro en el día de la Adoración (relato)

Como de catalufa quedáronme las pupilas cuando Doña Josefa, que estaba dale que te pego al punto de las jareas de vieja compuestas y el mojo cochino, pues esta familia es presta para celebrar de condumio la Epifanía del Señor, desovilló lo que aconteciera en la festividad a su bisabuela Doña Juliana.

Según tal leyenda de mucha miga, que heredan las primogénitas como la nuestra doña, cuando la relatora culmina el cuento ante la concurrencia el día de autos, fluye por los lacrimales de la susodicha perlado rocío de penas, que sólo calma extracto de ajonjolí servido ipso facto.

Atipló la voz Doña Josefa, sin interrumpir yo, impávido, ni literatura ni suspiros por la tan inverosímil narración.

–Dejó lacrado mi bisabuela por escribano el acontecer que le marcara el ánimo a porvenir (o devenir, según se mire), aquella justa jornada de la Adoración del Señor. Que degustando el roscón, estimó ella que había dado con la figurita de la suerte, pues a la cristiana se le atoró entre los molares una durez-blandita, si se admite la contradicción, pero de tal fortuna que hubo quejidito humano, por lo que aquélla desistió del inminente mastique.

Y en sacándose el corpúsculo, miró fijo y dio un respingo y chilló, pues era cuerpito humano de parvulito, duende o gorgojito, de facciones de pubertad muy bellas y agasajadoras, embutido en sayito esmeralda con campánulas moteadas de fresa, y un lindo tocado crema de fieltro con plumilla de barriga del pinzón azul del Teide.
Con la vocecita de ángel y tan cantarina, el enanito, garbancito o pulgarcito esbozó elegante reverencia a Doña Juliana, elevando con gracia el sombrerillo, de tal que la buena mujer terminó ahogando el susto, aunque los ojos aún como de pargo.

La lentejuela andante, humanito o botoncillo se presentó, de nombre Nanarín, y justificó su procedencia de la comunidad de un poblado entre raros bejeques y zanjoras, en comarca de La Guancha. Aterrizó el resuelto Nanarín a cuál más esponjoso atolladero, por ser el garrapatillo, pulguín o arvejito un amoroso de la cocina, que frecuentaba el obrador de un maese muy afanado; y calló a la masa en vísperas. Que aguantó la hornada fue por ser su racita indemne a esos peculiares quemores.

He aquí que Nanarín sirvió una mesa al momento como no se vio nunca en la casona, sustanciosas las viandas. Acompañaba a la bisabuela y mucho, y se manejaba la mar de oportuno en un fogoncillo que él habilitó en el refectorio. Desapareció una noche de San Juan, que el bisabuelo dijo soñar un cántico como de campanilla.

De entonces se hila tamaño desconsuelo.

Servidor enjuga una lagrimita, y valdrá insistir que no soy primogénita.

¡Ay, esta Doña Josefa!

Francisco Belín

Del libro "Las andanzas de Doña Josefa y Greñamillo"

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