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Flor eléctrica, una 'descarga' en el plato de lo más estimulante

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Ya después de algunas semanas de inmersión en el apasionante mundo de las flores comestibles -por lo menos para la que aquí escribe- va llegando el momento de hablar de una flor sensacional, en todos los sentidos de la palabra, para todo aquel que la prueba, pues es una experiencia que restará en la memoria.

Seguimos en la familia de las flores compuestas o Asteraceae para hacer referencia a la flor eléctrica, botón de Sechuan (china), hierba de los dientes, hierba del Pará... hablamos de Acmella Oleracea.

Originaria de la región amazónica del Pará de la que los indígenas han hecho uso dadas sus múltiples virtudes y propiedades medicinales. A diferencia de muchas otras plantas que si llamaron la atención, fue una planta que pasó completamente desapercibida tanto para los colonos españoles como portugueses. Si que luego estos últimos se la llevaron y la fueron sembrando en su paso por Madagascar hasta llegar a Asia. Hoy en día, su consumo principal se centra entre Brasil y Asia.

Lo que tiene esta flor compuesta de minúsculas florecitas amarillas y en el centro un color rojizo de escasa belleza, es su potencia de sabor, concretamente su acidez. Probar la flor por primera vez se trata de toda una experiencia a la que personalmente me gusta acompañar y recomendar su dosificación ya que, no es sólo el sabor sino el conjunto de sensaciones que pasan por tu boca. Una vez pasado ya su efecto, las papilas gustativas se abren y todo aquello que degustemos a continuación le encontraremos una mayor cantidad de matices. En bebidas, se potencia la frescura ya sea de un vaso de agua, una cerveza bien fría o de un Gin Tonic bien seco.

En cocina es una planta para probar y sacar partido de sus particularidades. Donde culturalmente está perfectamente asentada sus hojas y tallos se consumen en ensalada, como parte de esos mezclum sabrosos incluso hasta en mojos. En mi paso por Brasil ya hace más de una década, recuerdo haberme sentado a la mesa a comer un pirarucú con tucupí (gran pescado de río con una especie de mojo amarillo a base raíz de mandioca procesada) y sorprenderme de tal intensidad de sabores y sensaciones que aportaba la flor.

Tener en cuenta, que las hojas y flores al ser cocinadas pierden en gran medida su intensidad y frescura y pasan a tener un sabor más metálico. No obstante, estas hojas también se suelen escaldar para eliminar su clorofila y hacer el uso que uno encuentre más adecuado ya sea pasando de acompañantes en arroces, pastas, verduras, carnes y pescados. La flor se espolvorea, y ya las dosis serán la clave para aquel que desee utilizarla como ingrediente de su cocina. Ferrá Adriá despuntó con su “leche eléctrica” en 2005, precisamente porque hacía vibrar los labios del comensal.
En Brasil existe ya la “cachaça con la flor del Pará” además de un motón de derivados no solo culinarios sino cosméticos de la flor.

No queda duda pues, que tratamos una flor más que sensacional. Y aún nos quedan por mencionar sus propiedades medicinales entre las que hay que destacar su poder antioxidante, diurético, antiinflamatorio, anti-bacteriano, estimulante del sistema inmunitario y del cuerpo en general. Es un antibiótico natural y por último, se ha encontrado en la planta principios activos para utilizar en tratamientos de la piel como sustituto del botox.

Flores con toda su potencia, usos, aplicaciones y posibilidades. Mucho más de lo que se puede imaginar. Una semana más, flores para qué os quiero! Y ¿cómo no os voy a querer?

Laura López Terrón

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