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El Hierro: buena caligrafía en el cuaderno vitícola

CAJA_SIETE

El pasado año tuve la oportunidad de patearme las 7 islas ((8) de cabo a rabo, de Lanzarote a El Hierro en 15 días. Así que aún me quedan reflejos del moreno que cogí en todos y cada uno de nuestros terruños y, créanme, da orgullo decirlo y escribirlo.

Después de esto, volvía a El Hierro. Ya puedo presentarme las veces que sean menester: llegar al aeropuerto (o a La Estaca) sobrecoge en el magnífico sentido de la palabra. Hay un no sé qué de naturaleza monumental de la que no se puede rehuir o desprender el canario que se precie de su comunidad. Acuarelas, aguafuertes y “electricidad” indefinibles que te acompañarán allá por donde culebrees, entre atajos, carreteras “místicas”, neblinas apacibles y gente franca, directa, formidable,…

Mis pertrechos, como casi siempre, los justos en mochila ligera; fueron a parar a la parte de atrás del coche. Muy temprano me había dejado el “Pejeverde” de Binter pero también la cita como catador del Certamen de Vinos de la Isla del Meridiano estaba ajustada a la 10:00 AM en el Ayuntamiento de El Pinar.

Café negro de urgencia en la Villa de Valverde. Ligero con coche “deportivo” que dista de mis prestaciones al volante –aunque uno tiene sus mañas, no crean-. Sobrevenían como en “travelling” más acuarelas y aguafuertes, más verdes, ocres y bermejos con algunos animales pastando en el paisaje imperturbable.

Me picaba el gusanillo de esa liturgia previa y de la expectativa; uno ya ha estado en unos cuantos certámenes y paneles de distintas vertientes aunque aquí, en tierras herreñas, sabía que me esperaban sorpresas. E inquietudes.

Me recibía Alfredo Hernández, técnico del Consejo Regulador, y posteriormente Carmelo Padrón, director del certamen. Todo dispuesto. Ya Alfredo me había pasado una copa con el prodigioso baboso blanco durante la fase final del Campeonato de Cocineros de Canarias que a la postre se llevó el brasileño-conejero Joao Faraco.

En El Pinar se notaba ambiente gastronómico: la cata de la mañana y por la tarde conferencia de la experta Francesca Fort acerca de varietales y vinos que no dejaban indiferente, y entrega de premios, entre ellos el Mejor Vino de El Hierro y ante la presidenta del Cabildo, Belén Allende. También la designación de la tapa más votada de El Pinar –que recayó en el Bar El Chachi- y una ponencia de los chefs Jorge Bosch (La Bola) y Arabissen Quintero (Casa Juan, La Restinga). Completito el cartel, como pueden comprobar.

Pero a lo que iba. Todo dispuesto y allí estábamos los catadores –locales y de otras islas- y los colegas periodistas Federico Oldenburg y Antonio Casado. Ahí ante las copas servidas y sus respectivos códigos: afinando la concentración para las fases (visual, olfativa, gustativa). 22 elaboraciones presentadas en cuatro categorías (blancos jóvenes secos; blancos semidulces y semisecos; tintos jóvenes; dulces y licorosos, de la que saldría el Mejor Vino de El Hierro, Bodega HM Las Vetas).

Pronto empecé a hablar para mí mismo, señal de que aquello era “distinto”. Comenté alguna peculiaridad con un compañero de al lado. Oldenburg se “removía” en su asiento. Esto era diferente, a fe que lo era.

Me dije: “me voy a venir un par de días, más aún cuatro pero con cuaderno de viaje con páginas en blanco para apuntarlo todo. Para sentarme, y catar y catar, y preguntar porqué este matiz en nariz, porqué este comportamiento en boca; qué conforma esa paleta cromática en los dulces o que es la magia que ‘le echan’ a ese baboso blanco, al verijadiego,…”.

Entendí algunas cosas con la visita a varias fincas, acompañados de Alejandro Carlos Déniz Betancor, presidente del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Vinos de El Hierro y de Juanjo, un viticultor de la zona: su viña perfectamente preparada y ordenada en un contexto canario –pero que podría ser céltico o del filme de ‘El señor de los Anillos’-. Un trago de un vino de pata –ya había flipado con un vino de ‘solera’ que me había ofrecido hace unas semanas el “morineador” local Darvin. ¡Chaaaaaaas!

Algunos que parecen más comerciales casaron a la perfección con la cena en La Posada –asentían Federico y Antonio- con los contrastes de un blanco a estupenda temperatura con una sartenada de lapas –o dos-; una vieja guisada talludita, incluso un conejo frito estupendo.

He de decir que persistía el encanto de la cata. Escuché a la doctora Fort durante la conferencia –“ustedes tienen una riqueza varietal inimaginable- aún con mis impresiones de la cata latentes (me vengo, que me vengo a patear y a sentarme, a llenar el cuaderno de jeroglíficos y a comprender). Estamos desconociendo todo esto e instituciones como las universidades, la citada de Tarragona y La Laguna, le dan visibilidad a un mundo que ahora es sorpresa pero que tiene una labor por desarrollar.

Artículo publicado en Pellagofio

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