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El añorado café perdido (opinión José Luis Reina)

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Algo tan simple como tomar el café a diario en la confortable barra de nuestro bar favorito parece un recuerdo tan lejano, que la nostalgia de recuperar la rutina perdida empieza a aflorar intensamente en nuestros pensamientos.

Hemos perdido la libertad, probablemente lo más valioso que posee el ser humano. Y la hemos perdido por una cuestión de responsabilidad colectiva. Es una guerra sin sangre, sin armas ni trincheras. Pero lo cierto es que el enemigo es tan poderoso como el más temible de los ejércitos.

Y en esta cruel guerra que estamos librando, muchas personas se están desangrando a una velocidad hasta el otro día inimaginable. Las que mueren, cifra que aumenta a diario, y las que se arruinan cada día un poco más, víctimas de una parálisis histórica de repercusiones aún incalculables.

Ese bar donde tomábamos el café cada mañana, o la tasca donde nos tomábamos ese pincho con un tinto, o el restaurante donde disfrutábamos de esas cenas que ahora parecen un lujo inalcanzable, siguen pagando el alquiler de su local a final de mes. Y el salario a sus empleados, en el mejor de los casos.

Cada día que pasa, es un día de pérdidas, de cálculos mentales, de angustia. Ese es el verdadero poder de este enemigo común. Que no sabemos cuándo se rendirá, si decide hacerlo.

Tenemos una responsabilidad enorme en todo este drama. La primera, seguir la ley y las normas, evidentemente. Esa la estamos cumpliendo de manera ejemplar. La segunda, y quizás la más compleja, es volver a recuperar ese café perdido. Tenemos el deber de volver a poner en marcha la maquinaria de nuestros barrios, de valorar la libertad como merece ser valorada, y por supuesto, de volcarnos con las víctimas económicas de esta batalla.

Son muchas las víctimas, desde los autónomos que se dejan la piel cada mes para poder pagar el colegio de los hijos y llevarles comida a casa, hasta los empresarios que temen ahora perder sus empresas, con la consiguiente pérdida de empleo para miles de personas que ello supone.

Si algo queda patente, es que cuando volvamos a ser libres, valoraremos mejor nuestro entorno. Miraremos a los ojos a nuestros vecinos, y veremos a luchadores que tratan de levantarse. Y disfrutaremos más de los momentos que nos regala la vida. Muchos de ellos se viven alrededor de una mesa, con una buena botella de vino junto a los amigos y esos añorados platos para compartir. Celebraremos la vida, de la mejor manera que sepamos hacerlo. Y todos habremos aprendido la lección.

José Luis Reina

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