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Del hermetismo rural al confinamiento urbano (Fernando Gallardo)

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*Fernando Gallardo, crítico de hoteles del periódico "El País", escritor y coferenciante continúa con el artículo semanal de su cosecha afín a los complejos hoteleros, el turismo y la gastronomía, en una nueva entrega dentro de "Turismo y futuro". Huleymantel agradece nuevamente al analista (muchas veces en clave futurista) de estos campos este honor para la sección de Opinión del Grupo AtlánticoHoy.

Greta está desaparecida estos días. Normal, con la que está cayendo a ver quién da la vara con el cambio climático. Algunos, pocos, se atreven a situar la causa de la pandemia en la injerencia del ser humano en los sistemas naturales del planeta, sin reparar en que el hombre forma parte, aunque le pese, de estos ecosistemas. Por tanto, no se injiere, interactúa. Otros apenas contienen su alegría de comprobar cómo la parálisis de la actividad económica ha disminuido sensiblemente la emisión de gases de efecto invernadero. Este planeta haría bien en regresar a los niveles preindustriales, cuando solo lo poblaban 978 millones de personas y el 91% de ellas pasaba hambre. El SARS-CoV-2 no ataca con la suficiente virulencia. Qué representan las 70.000 defunciones actuales si para que la Tierra mantenga un nivel óptimo de salud deberían morirse unos 6.000 millones de personas. ¿En qué clase de molécula debería mutar este virus para hacer que Adan regrese al paraíso terrenal?.

La mayoría de los humanos vive, sin embargo, con otra clase de esperanzas. Aguardan en el confinamiento de sus casas a que los avances de la ciencia y la tecnología los vuelva a sacar a la calle y reconstruir sus destruidos empleos para obtener de nuevo los niveles de renta perdidos, el puesto de trabajo, el negocio emprendido, la experiencia aprendida, un nuevo impulso de prosperidad. Es decir, expeler gases con la misma alegría que antes, si no más. No se observa ninguna tendencia masiva de vuelta al campo y ponerse a cultivar un huerto. Tampoco el regreso a las viejas actividades artesanales, por mucho que el tejer mascarillas haya inspirado al imperio Zara un nuevo estilo de prêt-à-porter de distanciamiento social en la calle. No, el mundo permanece hoy expectante al desarrollo de un antiviral o una vacuna contra el SARS-CoV-2 que facilite el retorno a la normalidad anterior, que nunca será idénticamente igual a la existente, sino que acabará imponiéndose una especie de nueva normalidad, el término de moda para la post-crisis.

En el turismo sucederá algo similar. Tras unos meses de contracción de la demanda —la interna, por la gradualidad en el levantamiento de las restricciones a la libre circulación y muy especialmente por la crisis económica subsecuente; la internacional, por ambas razones y porque no es de esperar que el transporte aéreo recobre de súbito su altitud de crucero—, retornaremos a la exaltación de la turismofobia porque los canales de Venecia se volverán a llenar, las playas se pondrán a reventar y en los cascos históricos de las ciudades no cabrá un alfiler más. Porque más peliagudas fueron la pandemia de la gripe española, que mató a 50 millones de personas, y la II Guerra Mundial, con 60 millones de muertos. Tras de lo cual nació el turismo de masas en su ingenuidad post mortem: los 25 millones de viajeros contabilizados en 1950 crecieron hasta cerrar el año 2019 en 1.400 millones. No sería descartable que los efectos de la pandemia actual se tradujeran en unas nuevas ganas de viajar por la nada despreciable cifra de 2.000 millones de personas en el curso de la próxima década.

Así, ¿aguzará el miedo al contagio una repentina vuelta al campo como medida de higiene social ligada a la poética de la vida pastoril? Eso significaría probablemente que la España hoy vacía rebosara de plenitud por obra y gracia del teletrabajo. Entonces, ¿podría el turismo rural entonar un himno triunfal al coronavirus y a sus probables subsiguientes mutaciones? Sin negar la bienaventuranza de una escapada detox, no se ven indicios de ello. Ni siquiera cuando en España fue decretado el Estado de Alarma en su fase menos estricta vimos huestes amedrentadas en busca de una parcela que cultivar con el fin de asegurarse los insumos mínimos para sobrevivir a la peste. Al contrario, no hubo pocos que, huidos a sus segundas residencias en plan relax, optaron por regresar en cuanto le vieron las orejas al lobo de la regresión medieval. ¿Cómo asegurarse el papel higiénico sin supermercados a cuenta de Apple Pay? ¿A qué hospital acudir en caso de torceduras o jamacuco mortal? ¿Con quién consolarse si la mala cobertura impide utilizar el Whatsapp familiar?

No, no creo personalmente que esta pandemia vaya a cambiar el mundo de manera significativa. Sí que provocará pequeñas modificaciones en los hábitos personales que el tiempo y la experiencia acabarán disolviendo en la copa de las esperanzas vanas. Y, sobre todo, la asfixia del confinamiento y las virtudes del teletrabajo acelerarán la transformación digital del mundo en marcha. Viviremos con una amplia panoplia de aplicaciones móviles con sensores que nos chequearán a distancia y con mayor frecuencia el estado de salud personal. Asistiremos a una progresión extraordinaria de la automatización y el empleo valorado, no por la fuerza de trabajo, sino por sus resultados, el producto y el talento en su escalabilidad. Aprenderemos a comprar en los supermercados sin cajeros y a recibir la compra mediante ingenios robóticos, mucho más baratos y sin riesgo de contagio vírico (salvo el programático). Sacrificaremos una resma de nuestras libertades ciudadanas a cambio de una mayor seguridad personal: quién sabe si aceptaremos que junto a los detectores antiexplosivos de los aeropuertos nos controlen bajo el mismo arco la temperatura corporal y otras constantes vitales indispensables para volar seguros. Alumbraremos nuevos servicios y experiencias más creativas en consonancia con el distanciamiento social que nos impone la prudencia en la evitación en un rebrote del coronavirus, un distanciamiento que exigirá la hiper personalización de dichos servicios y experiencias.

Y los humanos seguiremos llenando las ciudades, cada vez en mayor proporción y con patrones de gestión más eficaces. Lo último durante esta crisis sanitaria ha sido el pensar en un confinamiento campestre, especialmente por parte de la población de riesgo. Imprescindible ha sido tener el hospital cerca de casa, disponer de los servicios urbanos básicos, la logística de reparto necesaria para la supervivencia, la fluidez máxima en la cadena de suministro, la conectividad a través de fibra óptica inefable para engancharse a Netflix. Residir en el campo sale caro, si se exige una atención social como la que parecen reivindicar quienes en días anteriores a la pandemia levantaban sus pancartas con esos reclamos. Al final de esta crisis no va a haber suficiente deuda pública para imprimir, lo que provocará que muchos Estados sean económicamente inviables.

La buena noticia para el campo es que, al menos desde la óptica turística, el concepto en sí mismo del teletrabajo no pasa por quedarse en casa trabajando. El teletrabajo, como empleo a distancia, significará su esencialidad flexible, creativa y móvil. De tal manera que buena parte de la actividad telelaboral será desarrollada en movimiento por el teletrabajador. Hoy estoy en Madrid, el mes que viene puedo volar a Nueva York y, por qué no, pasar dos semanas de septiembre teletrabajando en la aldea rural de Gallipienzo, Navarra.

Fernando Gallardo

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