Acerca de La Navaja, propuestas ricas, arroces y la fidelización

Siempre es enriquecedor acudir al diccionario. Lo recomiendo vivamente. ‘Fidelización’, que es lo que hoy nos ocupa, presenta dos acepciones que no son baladí:

“Firmeza y constancia en los afectos, ideas y obligaciones, y en el cumplimiento de los compromisos establecidos”.

Exactitud o precisión en la ejecución de alguna cosa”.

De aquí me decido a partir para transmitir las oportunas descripciones de esa sensación en conjunto que irradia un restaurante esa primera vez que nos decidimos a conocer su propuesta y no sin antes dejarme en el tintero una afirmación que ya he reflejado en más de un escrito.

“¡Claro, porque tú eres gastrónomo!”. Me lo atribuían a menudo –ahora menos, gracias a dios-, como si a un servidor le hubieran tocado la varita que otorga esa gracia. “¡Todos somos gastrónomos!”, ha sido mi respuesta tozuda a lo largo de los años. Lo único que se puede aseverar es que, en mi caso, me concentro en los detalles para luego comunicarlos; así que cualquiera puede hacer de esos momentos algo hedonista en contraste a un "deprisa y corriendo".

Preámbulo algo extenso que, sin embargo, me sirve para encaminar mi valoración de La Navaja con la precisión con la que, parece ser y una vez probado, luce la tersura y redondez marina del molusco bivalvo que da nombre al establecimiento.

Antes, las croquetas de carabinero, todo sustancia del género en cuestión, había levantado los ánimos de una mañana complicada. El GPS nos lleva a la planta alta del flamante Centro Comercial Rosa Center prácticamente llegando a un lugar para mí con todo encanto como es Playa Paraíso (Adeje). No he de recurrir a aquello tan manido de que quien muestra cómo prepara una croqueta, de eso se conocerá como es su cocina.

Pero con algo tan aparentemente simplón como es la croqueta es cierto que se ve la buena mano de Alejandro Martín y Rubén Morales. El vino se “amansa” en la cubitera con hielo y en boca. Estamos dentro, confortables, en un espacio climatizado y diáfano de la ‘ante-terraza’ –si me permiten el término- con una panorámica de verdes de las plataneras y el azul inmenso del Atlántico. Cualquiera diría que nos encontramos en un centro comercial.

Armoniza el blanco con el instante y también la ensaladilla de pulpo a la gallega, conjunto curioso y quizá con algún detalle de ingrediente que matizar.

De las navajas, en plural, simplemente subrayar que un servidor conoce algo de esta materia prima -¡que tiempos aquéllos en Muros!- y que en boca son rutilantes además de la certera preparación: ni musculosas, ni chiclosas y salvadas del antipático granillo de arena... ¡al punto!

La Navaja, en singular o como singularidad,  cuenta con un claro aliciente de arroces pero precisamente yo no me despistaría con el apetitoso conjunto que puede preceder a una de las especialidades de este proyecto de Olga y Efrén, también pareja que propicia bonanzas gastronómicas en el Norte, en la Tasca de Mami, Tacoronte para más señas.

Servicio ligero, ágil en Sala; preparación minuciosa ante nuestra mirada y expectativa del arroz negro con vieira y ali-oli. Nada de profusión de ‘bichitos’ para sepultarlos en el plato de los ‘escombros’. Muy rico, sedoso el conjunto.

Justo el vino da para probar las escalas dulces de La Navaja. Una loable tarta de queso coronada por el helado y la voluptuosa tarta de tres leches que va a exigir la culminación de un buen café solo. También probaría estos postres a modo de merienda, no crean.

Como resalta el colega Corviniano Clavijo en su galería semanal, “la terraza es ideal para disfrutar con una copa gastronómica en buena compañía”. ENLACE

¿Recuerdan cómo empezamos? ¿Con la fidelización? Si prueban aquí a buen seguro que cogerán el hilo de lo escrito. De ambas acepciones también.

Francisco Belín

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